Los dioses son veleidosos, caprichosas las Musas, y quien depende de ellos se ve obligado a ejercitarse en la paciencia como en la esperanza el místico. Igual que el místico, el Poeta sufre periodos de sequedad, camina por tierras áridas y frías, y llega a dudar de que el sol le alumbre y le caliente, en todo lo cual se echa de ver la verdadera naturaleza de la poesía, don de los Dioses, soplo eventual que llega de la altura sin que la voluntad cuente, sin que la disposición del intelecto influya. Se es Poeta porque un Dios lo quiere y sólo cuando a él le acomoda. Yo vengo de atravesar un desierto. Mis pies hollaron arenas, y el aire que alimentaba mis pulmones era absolutamente insuficiente. Llegué a desesperar. Más de una vez pretendí desandar el camino, y, si no lo hice, fue porque hacia atrás y hacia adelante no se veía más que el desnudo horizonte, el monótono círculo blanco de las praderas quemadas. EL silencio que me rodeaba era tan espeluznante como la misma oscuridad. Pero el silencio y la oscuridad de mi alma eran aún mayores. ¡Ustedes no pueden comprender hasta qué punto aniquila esa oquedad interior, ese vacío! Ocasiones hubo en que me dejé caer, en que besé la tierra y pedí a los dioses la muerte. Y en una de ellas fue cuando surgió el milagro
Gonzalo Torrente Ballester.
La saga/fuga de J.B